Sindicatos
contra maestros
Salvador Cardús i Ros
La Vanguardia 23.01.08
Resulta una cruel paradoja que
un sistema escolar que debería ser
ejemplo de la máxima racionalidad y
reflexión crítica viva tan atrapado
en prejuicios ideológicos que le impiden comprender la sociedad a la que debe servir. Los
grandes principios que posiblemente
eran adecuados para la Catalunya de los
años setenta, a caballo del último
franquismo y de las ingenuidades de la transición a la democracia, se han convertido en un
pesado lastre para actuar con eficacia
ante los retos de los nuevos tiempos.
No es cierto, como se dice, que los cambios
permanentes hayan sido el problema: lo es
que las distintas normas nunca hayan modificado lo que sería fundamental que cambiara y que
sigue ahí, intocable: esos antiguos
principios convertidos hoy en
prejuicios que se mantienen contra toda
evidencia.
Pero no son sólo las antiguas
ideologías lo que frena los buenos
propósitos, sino los tópicos
probadamente falsos. Por ejemplo, que la calidad de la escuela se garantiza con más
presupuestos, o con menos alumnos en el
aula, o discutiendo cuantas horas debe
darse de cada materia, o creyendo que el
debate principal está entre si escuela pública o privada. El reciente informe McKinsey, Cómo
los mejores sistemas escolares del
mundo han conseguido llegar
arriba,prueba que los tres pilares
fundamentales para conseguir una buena escuela son la calidad de sus maestros, su posterior
desarrollo profesional y la capacidad
del sistema para detectar de manera
precoz a los alumnos con dificultades y
atenderlos desde el primer momento. Pero el análisis racional y científico del informe McKinsey
parte de la observación crítica de la
realidad y no de los prejuicios desde
los que por aquí juzgamos, ya sea para
condenarlo o salvarlo, nuestro sistema
educativo.
Un ejemplo vivísimo de hasta qué
punto ciertos principios supuestamente progresistas se han convertido en un freno al cambio lo tenemos
en la reacción que ha merecido la
razonable propuesta del Departament
d´Educació para probar otro modelo de
incorporación para los alumnos recién llegados de países con lenguas y sistemas escolares
muy distintos a los nuestros. Educació
simplemente ha sugerido una prueba en
dos ciudades especialmente afectadas
por el impacto de la matrícula viva -
incorporación permanente de alumnos a lo largo del curso- y que, como cualquier maestro o
maestra saben, altera gravemente el
funcionamiento regular del aula. Lo que
se intenta es solucionar un serio
problema aplicando una fórmula eficaz usada en otros países. No se trata de crear aulas
segregadas, sino todo lo contrario: se
parte del reconocimiento de la realidad
segregada en la que objetivamente se
encuentran los niños y niñas acabados de llegar y sin capacidad para entender lo que ocurre en
las aulas en las que ahora son
matriculados. No es camuflando la
realidad y cargando el peso del
problema sobre las espaldas de los maestros y del resto de los alumnos que se evita la
segregación. Es el sistema actual
lo que a menudo segrega al recién
llegado, creando rechazo en los padres y, en consecuencia, xenofobia. Pero, como cabía esperar, ya han saltado al unísono todo ese mundo que
vive de principios intocables con los
que, incapaces de resolver los
problemas, se felicitan de saber
disimularlos.
Son también los prejuicios
ideológicos los que explican la
precipitada reacción de los sindicatos
de la enseñanza al convocar una huelga
para el 14 de febrero para protestar por las líneas básicas de la nueva ley de Educación que
el departamento ha dado a conocer. Los
propios sindicatos han afirmado que se
trata de una huelga ideológica y no
reivindicativa. Y, en parte, es cierto:
es la defensa de esa ideología que lleva
años impidiendo que el sistema educativo sea capaz de leer la realidad objetiva y de
ofrecer soluciones. Según la lógica
de estos sindicatos, la ideología les
basta para indicar con nitidez cómo deben ser las cosas - los métodos pedagógicos, los presupuestos educativos, los niños y las
niñas, la sociedad en general-, y si la
realidad - y los resultados- los
contradice, pues peor para la realidad.
Detrás de la defensa férrea de
esa ideología - ahora poco más que un
montón de prejuicios oxidados- también
está la defensa corporativa de ciertas rutinas profesionales que han dejado de ser privilegios para convertirse
en verdaderas celdas en las que se
sienten apresados tantos maestros y
maestras. Por esa razón, me atrevo
a pronosticar un gran fracaso de la movilización convocada por los sindicatos. Los sindicatos
de maestros no sólo tendrán en contra a
las familias y al conjunto de los
medios de comunicación, todos ellos muy
sensibles a la vista de algunos datos que
evalúan el sistema educativo catalán, sino que se las verán con los propios maestros y
maestras. Dudo mucho que el conjunto
de enseñantes se deje llevar por una
ideología que cada mañana les pone de cara a la pared. Que se dejen guiar por unos principios que no les ayudan a resolver los conflictos,
sino que les crean más dificultades.
Es inimaginable que a estas alturas los
maestros y maestras no quieran abrirse
a la racionalidad y la flexibilidad que
exigen los nuevos tiempos y para los que prepara la nueva ley de Educación. La paciencia de
maestros y maestras se acaba. Ya la
están acabando con la rigidez
burocrática de una administración hasta
ahora incapaz de transmitir criterios básicos, y ahora la acabarán con la rancia
testarudez ideológica de sus
sindicatos.