CARTA A LOS EDUCADORES

Nicolas Sarkozy
Presidente de la República

4 de septiembre de 2007

Sr., Sra.,

Aprovecho la ocasión de este inicio de curso, el primero desde que he sido elegido Presidente de la República, para escribirle.

Deseo hablarle del futuro de nuestros hijos. Ese futuro está en manos de cada uno de ustedes, que tiene la misión de instruir, de guiar, de proteger esos espíritus y esas sensibilidades que aún no están formados del todo, que no han alcanzado su madurez, que se buscan a sí mismos, que son aún frágiles y vulnerables. Tiene usted la responsabilidad de acompañar el desarrollo de sus aptitudes intelectuales, de su sentido moral, de sus capacidades físicas desde su más tierna infancia y a lo largo de toda su adolescencia. Esa responsabilidad es una de las más pesadas pero también una de las más bellas y gratificantes.

Ayudar a la inteligencia, a desarrollar la sensibilidad, a que encuentren su camino, ¿qué hay más grande y más bello que eso? Pero, al mismo tiempo, ¿qué hay más difícil que eso? Junto al orgullo de ver como crece un niño, como se afianza su carácter y su juicio, junto a la felicidad que produce transmitir lo más valioso que cada uno siente tener en sí mismo, existe siempre ese temor a equivocarse, a contener un talento, a frenar un impulso, a ser excesivamente indulgente o demasiado severo, a no comprender lo que el niño lleva en lo más profundo de su ser, lo que siente, lo que es capaz de realizar. ------

Educar es tratar de conciliar dos movimientos opuestos: el que lleva a ayudar a cada niño a encontrar su propia vía y el que empuja a inculcarle lo que uno mismo cree justo, bello y verdadero.

Al adulto se le impone una exigencia frente al niño que crece: la de no ahogar su personalidad sin renunciar a educarle. Cada niño, cada adolescente tiene su forma de ser, de pensar, de sentir. Debe poder expresarla. Pero también debe aprender.

Durante mucho tiempo la educación ha descuidado la personalidad de los niños. Era preciso que cada uno de ellos entrara en un molde único, que todos aprendieran lo mismo, al mismo tiempo, de la misma manera. El saber se situaba por encima de todo. Esa educación tenía su grandeza. Exigente y rigurosa, tiraba hacia arriba, llevaba a superarse a pesar de uno mismo.

La exigencia y el rigor de esa educación hacían de ella un potente factor de promoción social. Sin embargo muchos niños sufrían y se sentían excluidos de sus beneficios. Y no era porque les faltara talento ni porque fueran incapaces de aprender y de comprender, sino porque su sensibilidad, su inteligencia, su carácter se encontraban a disgusto en el marco único que se pretendía imponer a todos.

Por una especie de reacción, en los últimos decenios se ha puesto la personalidad del niño, en lugar del saber, en el centro de la educación.

Acordar mayor importancia a lo que el niño tiene de particular, a lo que hace que se manifieste su individualidad, a su carácter, a su psicología, era necesario, saludable. Era importante que todos estuvieran en condiciones de sacarles el mayor partido, de desarrollar sus puntos fuertes, de corregir sus debilidades. Pero al valorar demasiado la espontaneidad, al temer demasiado forzar la personalidad, al no ver la educación más que a través del prisma de la psicología, hemos caído en un exceso opuesto. No nos hemos dedicado lo necesario a transmitir.

Antiguamente en la educación había sin duda demasiada cultura y no bastante naturaleza. Ahora hay quizás demasiada naturaleza y no bastante cultura. Antiguamente se valoraba demasiado la transmisión del saber y de los valores. Ahora, por el contrario, no la valoramos bastante.

La autoridad de los maestros se ha visto quebrantada. La de los padres y de las instituciones también.

La cultura común que se transmitía de generación en generación, enriqueciéndose con la aportación de cada una de ellas, se ha desmoronado hasta el punto de que es más difícil hablarse y comprenderse.

El fracaso escolar ha alcanzado niveles que no son aceptables.

La desigualdad ante el saber y la cultura se ha incrementado, al tiempo que la sociedad de conocimiento imponía en todo el mundo su lógica, sus criterios, sus exigencias. Las oportunidades de promoción social de los niños cuyas familias no podían transmitir lo que la escuela ya no transmitía se han visto reducidas.

Sería sin embargo inútil tratar de resucitar una edad de oro de la educación, de la cultura, del saber que nunca ha existido. Cada época suscita expectativas propias.

No nos referimos a la escuela de la tercera República, ni a la de nuestros padres, ni siquiera a la nuestra. Lo que nos incumbe es aceptar el reto de la economía del conocimiento y de la revolución de la información.

Lo que tenemos que hacer es establecer los principios de la educación del siglo XXI que no pueden contentarse con los principios de ayer y menos aún con los de anteayer. -----

¿Qué queremos que sean nuestros hijos? Mujeres y hombres libres atraídos por lo bello y lo grande, con corazón y espíritu, capaces de amar, de pensar por sí mismos, de ir hacía los demás, de abrirse a ellos, capaces también de aprender un oficio y de vivir de su trabajo.

Nuestro papel no es el de ayudar a nuestros hijos a seguir siendo niños ni a convertirse en niños grandes, sino el de ayudarles a convertirse en adultos, a convertirse en ciudadanos. Somos todos educadores.

Educar es difícil. A menudo hay que volver a empezar para alcanzar la meta. Nunca hay que desanimarse. Nunca hay que temer insistir. En cada niño hay un potencial que solo espera ser explotado. Cada niño tiene una forma de inteligencia que solo espera ser desarrollada. Hay que buscarlos. Hay que comprenderlos. Al igual que una exigencia para con el niño, la educación es una exigencia del educador para consigo mismo.

El objetivo no es ni el de contentarse con un mínimo fijado de antemano, ni el de sumergir al alumno en un mar de conocimientos demasiados numerosos para que no esté en condiciones de dominar ninguno. El objetivo es el de esforzarse en dar a cada uno el máximo de instrucción que pueda recibir, empujando en él lo más posible el gusto por aprender, la curiosidad, la apertura de espíritu, el sentido del esfuerzo. La autoestima debe ser el principal motor de esta educación.

Dar autoestima a cada uno de nuestros hijos, a cada adolescente de nuestro país, haciéndole descubrir que posee talentos que le hacen capaz de hacer lo que no hubiera creído ser capaz de hacer: esa es para mí la filosofía que debe subyacer tras la refundación de nuestro proyecto educativo.

Debemos a nuestros hijos el mismo amor y el mismo respeto que esperamos de ellos. Ese amor y ese respeto que les debemos exigen que nuestras relaciones con ellos no estén teñidas de ninguna forma de renuncia ni de demagogia. Puesto que amamos y respetamos a nuestros hijos, la educación que les damos debe elevarlos y no rebajarlos. Puesto que amamos y respetamos a nuestros hijos, no podemos aceptar renunciar a educarlos ante la primera dificultad que aparezca. El que a un niño le cueste concentrarse, no aprenda rápido o no retenga sus lecciones con facilidad no es razón para privarle del tesoro de la instrucción, sin el cual no podrá nunca convertirse en un hombre verdaderamente libre.

Puesto que amamos y respetamos a nuestros hijos, tenemos el deber de enseñarles a ser exigentes con ellos mismos. Tenemos el deber de enseñarles que no todo vale, que toda civilización reposa sobre una jerarquía de valores, que el alumno no es el igual del maestro. Tenemos el deber de enseñarles que nadie puede vivir sin obligaciones y que no puede haber libertad sin reglas. ¿Qué educadores seríamos si no enseñáramos a nuestros hijos a ver la diferencia entre el bien y el mal, entre lo autorizado y lo prohibido? ¿Qué educadores seríamos si no fuéramos capaces de sancionar a nuestros hijos cuando cometen una falta? El niño se reafirma diciendo que no. No le hacemos ningún favor diciéndole siempre que sí. El sentimiento de impunidad es catastrófico para el niño que pone constantemente a prueba los límites que le impone el mundo de los adultos. No se educa a un niño haciéndole creer que todo le está permitido, que solamente tiene derechos y ningún deber. No se le educa dejándole creer que la vida no es más que un juego o que la puesta en línea de todos los conocimientos del mundo les dispensa de aprender. Las tecnologías de la información deben estar en el centro de la reflexión sobre la educación del siglo XXI. Pero no hay que perder de vista que la relación humana entre el educador y el niño es esencial y que la educación debe también inculcar en el niño el gusto por el esfuerzo, hacerle descubrir como una recompensa el placer de comprender tras el largo trabajo del pensamiento.

Recompensando el mérito, sancionando la falta, cultivando la admiración por lo que está bien, por lo justo, por lo bello, por lo grande, por lo verdadero, por lo profundo y rechazando lo que está mal, lo injusto, lo feo, lo pequeño, la mentira, lo superficial, lo mediocre, así es como el educador presta ayuda al niño a su cargo y como le expresa de la mejor manera el amor y el respeto que le manifiesta.

El respeto, precisamente, debería ser la base de toda educación. Respeto del profesor hacia el alumno, de los padres hacia el niño, respeto del alumno hacia el profesor, del niño hacia sus padres, respeto hacia los demás y respeto hacia sí mismo, eso es lo que la educación debe producir. Si ya no hay suficiente respeto en nuestra sociedad es, sobre todo, estoy convencido, por un problema de educación.

Deseo que reconstruyamos una educación del respeto, una escuela del respeto. Deseo que nuestros hijos aprendan a ser educados, abiertos de espíritu, tolerantes.

Deseo que los alumnos se descubran cuando están en la escuela y que se levanten cuando el profesor entre en la clase, porque es una señal de respeto.

Deseo que se enseñe a cada uno de ellos a respetar el punto de vista que no es el suyo, la convicción que no comparte, la creencia que le resulta extraña, que se le haga comprender hasta qué punto la diferencia, la contradicción, la crítica, lejos de ser obstáculos a su libertad, son, por el contrario, fuentes de enriquecimiento personal.

Que a uno le revuelvan sus hábitos de pensamiento, sus certezas, que le obliguen a ir hacia el otro, a abrirse a sus argumentos, a sus sentimientos, a tomarle en serio, es una incitación a interrogarse sobre sus propias convicciones, sus propios valores, a ponerse en cuestión, a esforzarse uno mismo y, por lo tanto, a superarse. Esa es la razón por la que debemos conservar, aunque debamos renovarlo, nuestro modelo de escuela republicana, que abarca todos los orígenes, todas las clases sociales, todas las creencias y que debe mantenerse neutral ante las convicciones religiosas, filosóficas o políticas de cada uno, respetando todas.

Este modelo se ha debilitado, sus principios ya no son suficientemente respetados. Si deseo ir progresivamente hacia la supresión de la carta escolar, es precisamente para que haya menos segregación.

Si deseo reformar el colegio único, es para que cada uno pueda encontrar su lugar, para que las diferencias de ritmo, de sensibilidades, de caracteres, de formas de inteligencia sean tenidas en cuenta mejor, con el fin de dar a cada uno mayores oportunidades de éxito.

Si deseo que los niños disminuidos puedan ser escolarizados como todos los demás niños, no es solamente para hacer felices a los niños disminuidos, sino también para que los otros niños se enriquezcan con la diferencia.

Si quiero que la escuela, por encima de todo, siga siendo laica, es porque la laicidad es para mí un principio de respeto mutuo y porque abre un espacio de diálogo y de paz entre las religiones, porque es el medio más seguro de luchar contra la tentación del encierro religioso. Ante el riesgo de la confrontación religiosa que abriría la vía a un choque de civilizaciones, ¿qué es lo mejor que tenemos para oponer sino algunos grandes valores universales y la laicidad? Si embargo, estoy convencido que no hay que dejar el hecho religioso a la puerta de la escuela. La génesis de las grandes religiones, sus visiones del hombre y del mundo deben ser estudiadas, por supuesto no en un espíritu de proselitismo cualquiera, no en el marco de un enfoque teológico, sino en el de un análisis sociológico, cultural, histórico que permita comprender mejor la naturaleza del hecho religioso. Lo espiritual, lo sagrado acompañan desde siempre la aventura humana. Están en las fuentes de todas las civilizaciones. Y uno se abre más fácilmente a los demás, dialoga más fácilmente con ellos cuando los comprende.

Pero el aprendizaje de la diferencia no debe llevar a descuidar la participación en una cultura común, una identidad colectiva, una moral compartida. Educar es despertar la conciencia individual e izarla gradualmente hasta la conciencia universal, es hacer que cada uno se sienta una persona única y al mismo tiempo parte de la humanidad entera. Entre las dos hay algo esencial que ninguna educación puede rodear. Entre la conciencia individual y la conciencia universal está, para nosotros los franceses, la conciencia nacional y la conciencia europea.

Entre la conciencia de pertenencia al género humano y la conciencia de un destino individual, la educación debe también despertar conciencias cívicas, formar ciudadanos. Nuestros hijos no serán nunca ciudadanos del mundo si no somos capaces de hacer de ellos ciudadanos franceses y ciudadanos europeos.

Por supuesto la familia juega un papel esencial en la transmisión de la identidad nacional, pero la escuela es el crisol. Al hablar de la escuela no pienso solamente en la instrucción cívica, cuya enseñanza debe encontrar un lugar en primer plano en la escuela primaria, en el colegio y en el liceo. No pienso solamente en la transmisión de valores morales como los derechos del hombre, la igualdad del hombre y la mujer o la laicidad que se encuentran en el centro de nuestra identidad. Pienso también en los valores intelectuales, en una forma de pensar y de reflexionar que nos es propia. Pienso en esa tradición francesa del pensamiento claro, en esa inclinación tan francesa por la razón universal que se encuentra en nuestra filosofía, en nuestra ciencia, pero que se encuentra también en nuestra lengua, en nuestra literatura, en nuestro arte.

Ante la amenaza de aplanamiento del mundo, nuestro deber es el de promover la diversidad cultural. Ese deber nos impone defender, en primer lugar, nuestra propia identidad, tomar lo mejor de nuestra tradición intelectual, moral, artística y transmitirlo a nuestros hijos para que lo mantengan vivo para todos los hombres. Porque las herencias de todas las culturas, de todas las civilizaciones pertenecen a toda la humanidad. Nosotros mismos somos los herederos de todas las conquistas, de todas las creaciones del espíritu humano. Somos los herederos de todas las grandes civilizaciones que han contribuido a la fecundación recíproca de las culturas que está engendrando la primera civilización planetaria.---

Abrir a nuestros hijos a lo universal, al diálogo de las culturas, no es renegar de lo que somos, es un logro. Desde siempre Francia ha situado el universalismo en el centro de su pensamiento y de sus valores. Desde siempre Francia se ha visto como heredera de todas las culturas que en el mundo han aportado su contribución a la idea de humanidad.

Debemos volver a poner la cultura general en el centro de nuestra ambición educativa. Naturalmente el horizonte de esta cultura general no debe ser una acumulación ilimitada de conocimientos sino un saber reflexionado, ordenado, dominado. No hay que buscar la exhaustividad ni la cantidad, sino buscar lo esencial y la calidad, relacionar los diferentes campos de la inteligencia humana para permitir que cada niño, que cada adolescente construya su propia visión del mundo. Por primera vez en la historia los niños saben muchas cosas que sus padres no saben. Pero hay que estructurar ese saber en cultura, iluminarlo de toda la herencia de la sabiduría y de la inteligencia humana.

No se debe compartimentar, aislar, oponer las diferentes formas de saber. La enseñanza por disciplinas debe permanecer, porque cada una tiene su propia lógica, porque es la única manera de llegar al fondo de las cosas. Pero hay que completarla con una visión de conjunto, con una puesta en perspectiva de cada disciplina en relación con todas las demás. Por encima de las categorías tradicionales del conocimiento, estoy convencido de que ahora debemos tejer la trama de un nuevo saber, fruto de la combinación, de la mezcla, de la fecundación recíproca de las disciplinas.

No estoy a favor del manual único. No estoy a favor de la globalización del saber que conduce a la confusión. Pero creo que la interdisciplinariedad debe rápidamente encontrar su lugar en nuestra enseñanza porque el futuro pertenece al mestizaje de los saberes, de las culturas, de los puntos de vista. Creo que ahí radica una de las claves de nuestro Renacimiento intelectual, moral y artístico. La cultura general debe ser una preocupación constante. Y cuando nuestros hijos aprenden lenguas extranjeras, y deseo que aprendan obligatoriamente al menos dos, ese aprendizaje debe ser también un aprendizaje de cultura y de civilización. Deseo que nuestros hijos aprendan las lenguas a través de la literatura, del teatro, de la poesía, de la filosofía, de la ciencia.

Afirmar la importancia de la cultura general en la educación donde tanto ha retrocedido en beneficio de una especialización a menudo excesiva y demasiado precoz es afirmar simplemente que el sabio, el ingeniero, el técnico no debe ser inculto en literatura, en arte, en filosofía y que el escritor, el artista, el filósofo no debe ser inculto en ciencias, en técnica, en matemáticas.

La idea de que el que se dedicara a las ciencias no tendría nada que hacer en poesía, en teatro o en filosofía es una idea que considero absurda. La idea de que el hijo de familia modesta, el nacido en uno de los barrios difíciles, donde se concentran las desventajas, el hijo o la hija del empleado o del obrero no tendría necesidad de ser confrontado a las grandes obras del espíritu humano, que no sería capaz de apreciarlas, que enseñarle a leer, escribir y contar sería suficiente, es a mi entender uno de los mayores signos de desprecio.

Si tantos adolescentes no llegan a expresar lo que sienten, si tantos jóvenes en nuestro país ya no llegan a expresar sus emociones, sus sentimientos, a compartirlos, a encontrar las palabras del amor o las del dolor, si muchos de entre ellos ya no consiguen expresarse más que a través de la agresividad, de la brutalidad, de la violencia, es quizás también porque no los hemos iniciado en la literatura, en la poesía, ni en ninguna de las formas de arte que permiten expresar lo más emotivo, lo más patético, lo más trágico que el hombre tiene en sí mismo.

En la época del vídeo, del móvil, de Internet, de la comunicación inmediata, nuestros hijos no necesitan menos cultura general, sino más. Necesitan aún más capacidades de análisis, espíritu crítico, referencias. Cuanto más conocimiento, más información y más técnicas produce el mundo, más fuerte es la exigencia de cultura para el que quiera seguir siendo libre, para el que quiera controlar su destino. En el mundo en que vivimos, cada vez más lleno de tentaciones, nuestros hijos necesitan más humanismo y más ciencia. En estos dos ámbitos hemos cedido demasiado. ---

Al contrario que nuestras tradiciones intelectuales, la cultura humanista se debilita y la cultura científica retrocede. Debemos batirnos en los dos frentes, inculcar pronto en los niños el placer de la lectura, del Arte y de la ciencia.

Pero tenemos que revisar nuestra forma de transmitir. Durante mucho tiempo la pasividad del niño que recibe el saber era admisible. Seguramente hemos criticado demasiado el aprendizaje memorístico, que es útil para entrenar la memoria ¿Y quién puede quejarse de haber grabado en su recuerdo algunas fábulas de La Fontaine o algunos versos de Verlaine, o de haber aprendido a orientarse en la cronología de la historia de Francia o en la geografía del mundo, de haber recitado las tablas de multiplicar y las fórmulas más corrientes de la aritmética y de la geometría? Pero la cultura verdadera exige algo más que recitar. No se instala profundamente más que a través del despertar de la conciencia, de la inteligencia, de la curiosidad. Hay que hacer que el alumno se interrogue, reflexione, tome distancia, reaccione, dude y descubra por sí mismo las verdades que le servirán durante toda su vida.

Nuestra educación debe volverse menos pasiva, menos mecánica. Debe también reducir el excesivo protagonismo que da a la doctrina, a la teoría, a la abstracción, ante las cuales muchas inteligencias se desaniman y se cierran. Tenemos que dejar un mayor espacio a la observación, a la experimentación, a la representación, a la aplicación. Estoy convencido de que así interesaremos más a un mayor número de niños y de que el fracaso escolar se verá reducido. Esto es válido tanto para las ciencias como para las humanidades o las artes. Para que el saber se vuelva más vivo, más concreto, hay que abrir más el mundo de la educación a los otros mundos, los de la cultura, el arte, la investigación, la técnica y, por supuesto, al mundo de la empresa, en el cual la mayoría de nuestros hijos vivirán algún día su vida adulta.

Nuestros hijos deben encontrarse con escritores, artistas, investigadores, artesanos, ingenieros, empresarios que les harán compartir su amor por la belleza, la verdad, el descubrimiento, la creación. Hay que trenzar lazos entre las instituciones culturales, los centros de investigación, el mundo de la edición, de la empresa y las escuelas, los liceos.

Los niños no deben permanecer encerrados en su clase. Desde pequeños deben ir al teatro, a los museos, a las bibliotecas, a los laboratorios, a los talleres. Desde pequeños deben ser confrontados a las bellezas de la naturaleza e iniciados en sus misterios. En los bosques, en los campos, en las montañas o en las playas es donde las lecciones de física, de geología, de biología, de geografía, de historia, así como la poesía tendrán más alcance, más significado. Tenemos que enseñar a nuestros hijos a mirar tanto la obra de arte del artista como la de la naturaleza. Y no hay que temer ponerlos en contacto con las grandes obras del espíritu humano y con los que las mantienen vivas.

Nuestros hijos no serán todos músicos, poetas, científicos, ingenieros o artesanos de oficios artísticos. Pero al niño que nunca será músico, no hay que renunciar a transmitirle el gusto por la música. Al niño que nunca será investigador, el gusto por el rigor científico y la pasión por investigar. Al niño que no será nunca artesano, el amor por el trabajo bien hecho, por el bello gesto, por la técnica realizada.

Esto es válido para todos los niños, para todos los adolescentes, cualquiera que sea su origen, su medio social, ya sean alumnos de enseñanza general o de enseñanza profesional. Otro de los defectos de nuestra educación tradicional es el de oponer lo manual a lo intelectual. Planteamiento absurdo que hay que eliminar para que las vías profesionales sean reconocidas como vías de excelencia, igual que las demás.

Hay también otra oposición que debemos superar: la del cuerpo y del espíritu. La educación es un todo. Debe ser tan teórica como práctica, tan intelectual como física, tan artística como deportiva. El lugar que ocupa el deporte es aún insuficiente. El niño necesita superarse. Pero el deporte es también una escuela de respeto hacia los demás, de respeto a las reglas, de lealtad y de superación. Creo en el valor educativo del deporte. El deporte no solamente debe tener mayor importancia en la escuela sino que el mundo del deporte y el de la educación deben abrirse más el uno al otro, los lazos entre las instituciones deportivas y las instituciones educativas deben reforzarse, se debe establecer una cooperación entre los deportistas y los docentes para el bien de nuestros hijos.

Compréndanme bien, no se trata de recargar más los horarios de enseñanza que ya son muy pesados. No se trata de añadir nuevas enseñanzas a una lista ya demasiado larga. Mi intención es, por el contrario, dar de nuevo a nuestros niños tiempo para vivir, para respirar, para asimilar lo que se les enseña.

Lo que tenemos que recuperar es la coherencia del proyecto educativo. Pasa naturalmente por la revisión de los ritmos y los programas escolares, necesaria tras decenios en los que la escuela se ha visto confrontada a una masa creciente de exigencias contradictorias y a tensiones y expectativas cada vez más fuertes, a medida que la cohesión social se debilitaba. Encontrar de nuevo una coherencia en el interior de cada disciplina, pero también entre ellas y de acuerdo con las expectativas de la sociedad, recuperar un hilo conductor en la educación, fijarle principios, objetivos, criterios simples. Eso es lo primero que tenemos que hacer. Al mismo tiempo, debemos elevar el nivel de exigencia, no en cantidad, sino en calidad.

En vez de establecer una selección brutal a la entrada de la universidad, lo que sería una solución maltusiana, tenemos que elevar progresivamente el nivel de exigencia en primaria, después en el colegio y en el liceo. Nadie debe pasar a 6º (primer año de secundaria inferior) si no demuestra que es capaz de seguir las enseñanzas del colegio. Nadie debe pasar a 2º (primer año de bachillerato) si no demuestra que es capaz de seguir las enseñanzas del liceo y el bachillerato debe probar la capacidad para seguir la enseñanza superior. Será un largo trabajo que irá desde la reconstrucción de la escuela primaria a la del liceo. Pero es vital para el futuro de nuestra juventud y, por lo tanto, de nuestro país. ------

Dar el máximo a cada uno en vez de conformarse con dar el mínimo a todos. Así deseo que abordemos en adelante el problema de la educación y, en particular, el de la escuela.

Esta refundación de nuestra educación no podrá ser realizada si no es con la ayuda de todos los educadores. La voluntad política no basta por sí sola. Y por eso me dirijo a ustedes.

Cuando digo “todos los educadores” quiero decir que el objetivo no se alcanzará solamente con la ayuda de los profesores o solamente con la ayuda de los padres. Sólo es posible con el trabajo común de todos los educadores trabajando juntos.

Para lograrlo es preciso que cada uno de ustedes se obligue a trabajar con los demás. Entre el padre, la madre, el profesor, el juez, el policía, el educador social y todos los que están en contacto con el niño en el ámbito deportivo, cultural, asociativo, el interés del niño debe primar sobre cualquier otra consideración. Debe reinar la confianza, la cooperación, el intercambio, el sentido de responsabilidad. Cada uno debe superar sus prejuicios o sus ideas preconcebidas para cumplir con su deber de preparar al niño a convertirse en adulto.

Padres, ustedes son los primeros educadores. Sé lo difícil que es ese papel cuando el paro amenaza, cuando la familia se recompone, cuando el padre o la madre se encuentran solos para criar a sus hijos. Sé lo dura que puede ser la vida. Quiero decirles que tendrán apoyo, que serán ayudados cada vez que lo necesiten para educar a sus hijos desde la más tierna infancia y que para mí la política de familia es toda ella parte del proyecto educativo.

Les quiero decir que el derecho a la guarda de los niños, la escuela infantil serán para mí, en los próximos cinco años, prioridades y que estoy decidido a hacer que ningún niño quede desatendido cuando acaben las clases con el fin de que puedan finalizar su jornada laboral sin la angustia de saber que su hijo o su hija está sin vigilancia. A partir de ahora los deberes se harán en la escuela, en estudio vigilado y se crearán internados de excelencia para los buenos alumnos procedentes de las familias más modestas que no puedan ofrecer a sus hijos un ambiente de estudio adecuado.

Serán ayudados en su tarea. Pero tienen deberes para con sus hijos. Deben darles ejemplo. Tienen la responsabilidad de hacer que su hijo vaya a la escuela, de inculcarle el respeto por las leyes y la buena educación, de controlar que haga los deberes. Si les dejan faltar a clase, si les dejan abandonados, es normal que la sociedad les pida cuentas, que se ponga en duda su responsabilidad, que las ayudas que se les hayan concedido puedan ser puestas bajo tutela.

Profesores, docentes, ustedes también tienen derecho al respeto, a la estima. Su papel es de capital importancia. A menudo han hecho largas carreras. Deben hacer muestra de inteligencia, de paciencia, de psicología, de competencia. Sé hasta qué punto el maravilloso oficio de enseñar es exigente, hasta qué punto les obliga a dar mucho de ustedes mismos, hasta qué punto se ha vuelto difícil y a veces ingrato desde que la violencia entró en la escuela. Soy conciente de que su estatus social y su poder adquisitivo se han degradado a medida que su tarea se hacía más pesada y sus condiciones laborales más difíciles. La Nación les debe un mayor reconocimiento, mejores perspectivas profesionales, un nivel de vida mejor, mejores condiciones laborales.

Antes el maestro, el profesor, ocupaba un lugar reconocido en la sociedad porque la República se sentía orgullosa de su escuela y de aquellos a los que había confiado la tarea. El maestro, el profesor se sentía orgulloso de su profesión, orgulloso de servir a la República y a cierta idea del Hombre y del progreso. Tenemos que restablecer ese orgullo. En la escuela de mañana estarán mejor pagados, mejor considerados y, frente al igualitarismo que ha prevalecido demasiado tiempo, ganarán más, progresarán más rápidamente si eligen trabajar e implicarse más.

Podrán elegir la pedagogía que consideren más adaptada a sus alumnos porque creo que hay que confiar en los docentes, en su capacidad de juicio, porque son los que están mejor situados para decidir lo que es bueno para sus alumnos. Los centros en los que enseñarán tendrán una mayor autonomía para elegir su proyecto, su organización. La evaluación será la regla general y se repartirán los medios en función de los resultados y de las dificultades que encuentren los alumnos.

Se facilitará, tanto en el interior del sector público como en el exterior, la reconversión de aquellos que, tras haber impartido docencia durante mucho tiempo, sientan la necesidad de cambiar de trabajo y hacer valer de otra manera sus competencias, su saber. A la inversa, los que después de haber adquirido una experiencia en otro ámbito deseen orientarse hacia la enseñanza serán acogidos mejor que en la actualidad. En la educación nacional, como en toda la función pública, el corsé de los estatutos debe abrirse para permitir que puedan circular los hombres, las ideas, las competencias.

Deseo que la revalorización del oficio de enseñante sea una de las prioridades de mi quinquenio porque es el corolario de la renovación de la escuela y de la refundación de nuestra educación. Pero debe, usted profesor, enseñante, al igual que los padres, dar ejemplo. Dar ejemplo con su comportamiento, con su forma de vestir, con su rigor, con su sentido de la justicia, con su implicación. Dar ejemplo con su capacidad para hacer prevalecer la autoridad del maestro, con su preocupación por recompensar el mérito y sancionar la falta.

En la escuela de mis deseos, donde se dará prioridad a la calidad sobre la cantidad, donde habrá menos horas de clase, donde los recursos se emplearán mejor, porque la autonomía permitirá gestionarlos en función de las necesidades, los enseñantes, los profesores serán menos numerosos. Pero eso será la consecuencia de la reforma de la escuela y no su objetivo. Y me comprometo a que los recursos que se liberen serán reinvertidos en la educación y en la revalorización de las carreras. Se trata de ser más eficaz, no de racionar. Se trata de ser eficaz no solamente para lograr un objetivo económico, no solamente para que el día de mañana nuestra economía disponga de una mano de obra bien formada, sino también, y quizás sobre todo, para que nuestros hijos sean portadores de valores de civilización, para que alguna idea de la civilización siga viviendo en ellos. -----

Cada uno de ustedes, lo sé, mide la importancia del desafío que tenemos que aceptar. Cada uno de ustedes entiende que la revolución del saber que se produce ante nuestros ojos no nos deja tiempo para repensar el sentido mismo de la palabra educación. Cada uno de ustedes es consciente de que, frente a la dureza de las relaciones sociales, frente a la angustia ante un futuro vivido cada vez más como una amenaza, el mundo necesita un nuevo Renacimiento, que solamente ocurrirá gracias a la educación. Nos toca retomar el hilo que corre desde el humanismo del Renacimiento hasta la escuela de Jules Ferry, pasando por el proyecto de la Ilustración.

Ha llegado el momento de la refundación. Y a esta refundación les invito. La guiaremos juntos. Ya hemos esperado demasiado.

Nicolas Sarkozy

Presidente de la República