Nuestro sistema educativo y su posible mejora

Constantemente se está hablando en los periódicos de los problemas existentes en la enseñanza secundaría. Nunca se había vivido una situación así en nuestro país aunque sí sabíamos que estos problemas existían en otros países, sobre todo en Inglaterra y en Estados Unidos. Todo empezó cuando, pese a ello, también aquí se implantó el modelo educativo de esos países, el denominado modelo de la comprensividad. Su característica más importante es que establece que todos los jóvenes que tienen una misma edad han de estar juntos en la misma aula y aprendiendo las mismas cosas. Por ello también se le denomina el sistema de la escuela integradora y democrática. La realidad es que como unos alumnos son más estudiosos o más inteligentes que otros sigue habiendo unos alumnos que aprueban los exámenes y otros que los suspenden. Como si sólo se permitiera pasar al curso siguiente a los alumnos que han aprendido, el grupo formado en base a la edad se disgregaría, para evitarlo el nuevo sistema ha establecido que el período normal para decidir si un alumno pasa o no pasa (hoy se dice progresa o no progresa), no sea el año escolar sino el ciclo de dos años o mejor todavía la etapa de cuatro años. Sus defensores ven en ello una buena medida para evitar que ya en la escuela aparezcan las clases sociales que luego en la vida de adultos se podrían potenciar y acabar originando diferencias sociales que pondrían en peligro la convivencia. Tal vez estos analistas están confundiendo que la igualdad entre todos se refiere a la igualdad en dignidad y en capacidad de ganar recursos, no a que todos tengan que estudiar lo mismo hasta los 18 años, y, tal vez, tampoco tienen en cuenta que, en nuestro país hoy, hay muchos operarios manuales que ganan más dinero que muchos licenciados.

A nadie se le ocurre que se tenga de separar a los niños de por ejemplo 5 años en función de su rendimiento académico y de sus intereses, ni tampoco que todos los jóvenes de 20 años tengan que estar juntos en la misma aula y estudiando las mismas cosas, por lo tanto la discusión entre los defensores del sistema comprensivo y sus detractores, se puede reducir a la etapa de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, y más concretamente a como se estructura el segundo ciclo, el que abarca a los jóvenes de 14 a 16 años. Es un período demasiado corto y es un tema demasiado importante, como para empecinarse en que no pueda ser objeto de un gran pacto de estado. Lo que sería bueno para el país es tener un sistema educativo que contara con el respaldo de la mayoría de las fuerzas políticas y que, por lo tanto, pudiera durar muchos años fuera quien fuera el partido político que gobernara. Lo más importante que tiene un país no son sus industrias sino la formación y la capacidad de superar dificultades de sus jóvenes, por lo tanto tener un sistema educativo que favorezca esos dos objetivo ha de ser un tema prioritario.

Al permitirse que los alumnos de ESO puedan pasar de curso pese a tener suspendidas muchas materias, lo que se hace es retrasar al último curso de la ESO la auténtica evaluación del alumno. Entonces, si obtiene el Título de Graduado en ESO, podrá iniciar un Ciclo Formativo de Grado Medio (CFGM) o el Bachillerato, y si no, deberá intentar incorporarse al mundo laboral, hacer un curso de un año de los Programas de Garantía Social (PGS), o bien intentar superar una prueba de acceso a los CFGM. La verdad es que pasar directamente de un sistema permisivo en que se promociona de curso sin estudiar y sin necesidad de hacer exámenes en septiembre, y que por lo tanto no educa en la necesidad del esfuerzo continuado, al mundo laboral de los contratos temporales y mal pagados, más parece haberles hecho una mala jugada que haberles dado una buena preparación para la vida de adulto. Pero el problema más generalizado no es éste sino justo el contrario, el que el título de Graduado en ESO se acabe dando también a los alumnos que ignoran los conceptos más básicos y que carecen de los mínimos hábitos de estudio. Las tres causas principales para ello son: a) que el profesorado y los directores viven en el peligro constante de quedarse sin trabajo si no hay un número suficiente de alumnos que aprueban la ESO y pueden seguir estudiando en el centro el Bachillerato o algún CFGM, b) el deseo de "ayudar" a estos alumnos manteniéndolos dentro del sistema educativo, ante las dificultades que tienen para encontrar trabajo, y c) el querer desembarazarse de algunos alumnos conflictivos que al ser la ESO una enseñanza obligatoria, difícilmente pueden ser expulsados mientras están en ella y tienen menos de 18 años, pero que si son aprobados, ya a los 16 años, y luego no son admitidos para cursar la Postobligatoria, sí se consigue que abandonen definitivamente el centro. Obviamente cuando se llega a estos extremos es que algo falla en el sistema.

También existe el problema de qué hacer con los alumnos que sí están capacitados para iniciar un CFGM pero no para iniciar el Bachillerato, ya que como éste, a diferencia de los CFGM, también ha de servir para acceder a la Universidad, necesariamente incluye materias que precisan una capacidad de comprensión más alta. Como a pesar de esta realidad el título de Graduado en ESO permite tanto el acceso a los CFGM como al Bachillerato, se está forzando que las Juntas de Evaluación de la ESO no puedan evaluar correctamente a todos los alumnos. Si se inclinan por exigir los mínimos que son necesarios para poder estudiar luego el Bachillerato, cometen el error de impedir el acceso a los CFGM a alumnos que sí tienen la capacidad y los conocimientos suficientes para iniciarlos, y si se inclinan por sólo exigir los mínimos necesarios para estudiar los CFGM, también se equivocan al permitir el acceso al Bachillerato a alumnos que tal vez no tienen la capacidad ni los conocimientos necesarios para ello. Una prueba de esto es el elevado número de alumnos que repiten el primer curso de Bachillerato. Es evidente que existe un salto excesivo entre la ESO y el Bachillerato. En resumen: la actual situación perjudicará en el futuro a muchos alumnos, a sus familias y finalmente a toda la sociedad.

Las posibles soluciones a estos problemas han de cumplir dos condiciones, por un lado han de evitar una nueva revolución total que haga tabla rasa con todo lo anterior, ya que, como se ha visto, eso crea un gran desconcierto y fácilmente comporta perder todo lo bueno que ya se tenía, y, por otro lado, han de atajar drásticamente la creciente desmotivación del alumnado y la progresiva desilusión del profesorado. Los alumnos recuperarán el interés cuando vean que existe una justa correspondencia entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos, que el sistema les ofrece múltiples caminos y que ellos con su esfuerzo pueden elegir y seguir el que más les guste y mejor se adapte a sus capacidades e intereses. El profesorado de estos jóvenes de más de 14 años, recuperará la ilusión en su trabajo cuando vea que el sistema vuelve a dar importancia a la preparación de sus alumnos, a la necesidad pues de actualizar sus propios conocimientos, a valorar sus opiniones, y a facilitarle su promoción profesional, en vez de insistirle machaconamente en que todo eso ya no tiene importancia, que debería aprender otras materias y que deberían cambiar de mentalidad en cuanto a rigor y exigencia.

Una de las soluciones más sencillas y más eficaces sería introducir una prueba oficial de acceso al Bachillerato y a los Ciclos Formativos de Grado Medio similar a las actuales PAAU. Debería ser una prueba externa al centro educativo, que se realizara en los institutos y cuya superación fuera imprescindible para poder iniciar el Bachillerato o los CFGM. Para acceder a ella debería ser obligatorio tener el título de Graduado en ESO o tener 17 o 18 años cumplidos. Debería ser obligatoria tanto para los alumnos de los centros públicos como de los privados. Obviamente se evitaría que los alumnos de los centros públicos fueran examinados por sus propios profesores. Se trataría de una prueba de conocimientos mínimos, de la que se publicarían orientaciones sobre los contenidos exigibles y el tipo de examen de cada materia.

Se establecería si hay uno o dos tipos de pruebas y los criterios para obtener el APTO para iniciar la Postobligatoria. Si hubiera una única prueba tanto para acceder al Bachillerato como a los CFGM, se podría fijar por ejemplo que si la calificación de la prueba fuera igual o superior a 4 ya se pudiera hacer media con la nota final de la ESO, y que si esta media fuera igual o superior a 5, el alumno ya fuera considerado APTO para acceder tanto al Bachillerato como a los CFGM, o bien, dado que en Bachillerato hay materias que requieren una mayor capacidad de abstracción y que son imprescindibles para seguir luego una carrera universitaria, se podrían fijar calificaciones medias mínimas diferentes, por ejemplo un mínimo de 5 para obtener el APTO para acceder a los CFGM y un mínimo de 6 para obtener el APTO para acceder al Bachillerato. Otra tercera posibilidad es mantener el 5 para obtener el APTO para iniciar tanto los CFGM como el Bachillerato, y establecer en las materias más difíciles dos niveles de exigencia diferentes. Por ejemplo habría una prueba de matemáticas para los que quieren acceder al Bachillerato y otra más sencilla para los que quieren acceder a los CFGM. En la elección entre estas tres modalidades se ha de tener en cuenta que hoy 2/3 de los alumnos de la ESO quieren estudiar Bachillerato y sólo 1/3 quiere estudiar CFGM, mientras que las proporciones que precisaría nuestro país son justamente las contrarias. Para intentar corregir este desajuste al principio y de forma transitoria habría que dificultar más el acceso al Bachillerato

La introducción de esta prueba comportaría muchos beneficios a nuestro sistema educativo. Uno de ellos es que debido a la exigencia que implica tener que superar una prueba externa los alumnos de ESO se verían mucho más motivados a estudiar. Otro es que al volver a ser importante la preparación de los alumnos sus profesores recuperarían la ilusión en su función docente. Además se propiciaría que en muchos centros se establecieran voluntariamente itinerarios diferenciados en el segundo ciclo de la ESO, según se preparara a los alumnos para acceder a los CFGM, al Bachillerato o a los PGS. Previamente, al final del primer ciclo, a cada alumno se le aconsejaría uno o más itinerarios. Así al ser los grupos homogéneos y flexibles se conseguiría una mayor adecuación entre lo que se enseña y los intereses y capacidades de los alumnos. Por otro lado poco a poco se igualarían los contenidos y los niveles en todos los centros públicos y privados del país, y de hecho existiría un control objetivo y continuo por parte del Estado de la calidad de todos los centros. Actualmente sólo existe para los alumnos que hacen las PAAU. Sería pues innecesaria la denominada "evaluación de centros". Además se aseguraría un buen nivel en los alumnos que acceden al Bachillerato y a los CFGM, por lo que tal vez sus dos cursos serían suficientes. Por otro lado esta prueba permitiría iniciar un futuro descenso del número de nuevos licenciados y un aumento del número de nuevos operarios bien preparados, como urgentemente precisa nuestra sociedad. Para ello bastaría con que al principio el acceso al Bachillerato fuera algo más difícil que el acceso a los CFGM.

La sencillez de introducir esta prueba radica en que al conservarse el modelo de 4 cursos de ESO y 2 de Postobligatoria se podría aprovechar la actual distribución de aulas y de profesorado y servirían los actuales libros de texto. Si se considerara más conveniente cambiar al modelo de 3 cursos de ESO y 3 de Bachillerato, que es otra de las posibles soluciones apuntadas, igualmente sería conveniente introducir esta prueba de acceso, ya que sin ella la ESO de 3 cursos presentaría los mismos problemas que la actual ESO de 4 cursos. Además, para establecer esta prueba no sería necesario modificar la LOGSE, ya que se mantiene una única titulación al final de la ESO, no se excluye ningún tipo de alumno y se cumple el Artículo 22.2 en cuanto a que el título de Graduado en ESO faculta para acceder, aunque sea tras superar una prueba, a la enseñanza Postobligatoria.

Al igual que las PAAU, esta prueba se podría realizar a finales de junio. Los alumnos que no la superaran en junio podrían repetirla a principios de septiembre. Si la volvieran a suspender podrían escoger entre esperar a la convocatoria de la prueba del año siguiente (se les aconsejaría que hicieran un curso de preparación a esta prueba que organizarían los Programas de Garantía Social), o bien asistir a algún otro curso de los PGS, o bien incorporarse directamente al mundo laboral.

Respecto a los otros problemas antes mencionados las medidas más urgentes serían: creación de más centros especiales para acoger a alumnos conflictivos hasta que una vez mejorada su conducta pudieran reincorporarse a su centro de origen, creación de más aulas-taller para enseñar pre-oficios en el segundo ciclo de la ESO, mayor oferta de trabajo para jóvenes de 16 a 18 años, y aprobación de un nuevo decreto de derechos y deberes de los alumnos que devolviera a los Consejos Escolares la capacidad real de gobernar los centros.

Antonio Jimeno Fernández

Acción para la Mejora de la Enseñanza Secundaria (AMES)