Lacayos del nuevo régimen

Por JUAN MANUEL DE PRADA

A nadie se le escapa que el adoctrinamiento de las mentes infantiles produce a medio plazo unos opíparos réditos electorales; a nadie se le escapa que todo régimen político que anhela perpetuarse dedica especiales esfuerzos a las tareas de proselitismo y propaganda entre los más jóvenes, pues con ello se asegura un granero de votos. La hegemonía inatacable del nacionalismo vasco, por ejemplo, no podría explicarse sin la muy calculada estrategia de adoctrinamiento que incluye no sólo las célebres «ikastolas», sino sobre todo una «lluvia fina» de conceptos tergiversadores y falsificaciones históricas que impregnan programas educativos y libros de texto y que, de modo más o menos tosco o subliminal, extienden su gangrena entre sus tiernos destinatarios. Toda esta morralla de mistificaciones, convenientemente archivada en el disco duro de la memoria, alimentada de rencor y paranoias varias, proporciona al nacionalismo sucesivas remesas de votantes a piñón fijo que garantizan ad infinitum el recambio generacional.

La idea carece de novedad; la han enarbolado como propia todos los totalitarismos que en el mundo han sido. Ahora se dispone a adoptarla el Gobierno de Zapatero, mediante la incorporación a los planes de estudio de una disciplina que irrisoriamente se ha denominado «Educación para la Ciudadanía», sintagma muy cursi y pomposo que a los más viejos del lugar quizá les recuerde aquella Formación del Espíritu Nacional que se incluía a modo de catecismo laico en las enciclopedias Álvarez. Me sorprende que la inclusión de tan aberrante instrumento de propaganda al servicio del Nuevo Régimen no haya provocado mayores muestras de indignación. Señal inequívoca de que la fruta está madura y de que el Nuevo Régimen puede disponerse sin mayores embarazos a arrojar sus redes al mar: la pesca será, sin duda, copiosa y muy fructífera para sus anhelos de perduración. ¿Alguien se ha detenido a analizar la naturaleza y los propósitos de este nuevo bodrio educativo? En una Tercera aterradoradamente lúcida nos recordaba ayer Andrés Ollero una de las acepciones más divulgadas del verbo «adoptar»: «Recibir, haciéndolos propios, pareceres, métodos, doctrinas, ideologías, modas, etcétera, que han sido creadas por otras personas o comunidades». A través de esta asignatura de Educación para la Ciudadanía (las mayúsculas que no falten), nuestros hijos adoptarán como propio el catecismo del Nuevo Régimen, que naturalmente no se limitará a incluir unas normas de convivencia cívica, sino que sobre todo se preocupará de imponer una «moral pública» que tuerza y pisotee la moral que los padres, legítimamente, intentan transmitir a sus hijos. Y así, por ejemplo, se entonarán las loas del «derecho a elegir libremente la opción sexual» (el otro día me contaba un maestro que un niño de doce años le había anunciado su pretensión de hacerse homosexual, dado que las niñas no le hacían caso) y se les explicarán los muy benéficos logros que deparará la experimentación con embriones, que nos va a hacer a todos inmortales. Todo ello, naturalmente, aderezado con apelaciones a la «recuperación de la memoria histórica» y demás mitologías del Nuevo Régimen. La formación de nuevas generaciones de lacayos está asegurada.

Esta asignatura de Educación para la Ciudadanía conculcará el derecho que la Constitución reconoce a los padres para que sus hijos «reciban la educación moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». ¿Tendremos valor para acudir a los tribunales, vindicando este derecho? Convendría, en cualquier caso, que nos apresurásemos a hacerlo; de aquí a unos años, los tribunales ya estarán ocupados por lacayos del Nuevo Régimen, satisfechos y orgullosos de su educadísima ciudadanía.