Por Luis Maria
Cifuentes. Catedrático de Filosofía (IES Nuestra Señora de la Almudena. Madrid)
El título de este artículo responde
a una reflexión compartida por muchos colegas dedicados a la enseñanza de la
Ética y de la Filosofía en Centros de Secundaria desde hace mucho tiempo. Se
trata de ejemplificar con este símil bélico las enormes tensiones a las que
hemos estado sometidos durante muchos años los docentes de estas materias y de
cómo la enseñanza de la ética se ha visto envuelta siempre en España en las
disputas ideológicas y políticas entre el poder clerical y el gobierno de
turno. Para comprender el sentido de este artículo es preciso recorrer
brevemente las vicisitudes que ha tenido la materia de Ética en la Educación
Secundaria a lo largo de toda la etapa democrática de nuestro país.
En el año 1980, en pleno estío
vacacional, el ministro Otero Novas, a la sazón ministro de Educación y
Ciencia, promulgó una Orden por la que se implantaba la Ética como materia
alternativa a la Religión y Moral católicas en todos los cursos de Bachillerato
con dos horas semanales, las mismas que las de Religión. Esta materia era
obligatoria para todo el alumnado que no optase por la enseñanza confesional
del catolicismo. De este modo se legislaba de modo absurdo que la ética cívica,
racional y autónoma, era algo obligatorio solamente para algunos ciudadanos y,
en cambio, para otros, era suficiente e incluso deseable, que recibieran su
educación cívica en el marco de la enseñanza confesional de la moral católica.
Es decir, se estaba ya propugnando por parte de aquel gobierno de 1980 lo mismo
que ahora defiende la jerarquía católica; que es más importante formar en el
seno de la escuela pública a los fieles de la Iglesia que a ciudadanos respetuosos
con la libertad de conciencia y con todas las opciones políticas, morales y
religiosas. Entonces no se invocaba por parte de nadie la libertad de asistir o
no a clase de ética, ni la objeción de conciencia ante una obligación impuesta
a todos los españoles por unos Acuerdos extraconstitucionales negociados entre
el Vaticano y el Estado español en 1978. Peor aún, durante muchos años, el profesorado de Filosofía asistió
estupefacto al espectáculo inmoral de que la ética era impartida en muchos Institutos
públicos por cualquier profesor de Secundaria, era menospreciada por la
Administración y era objeto de mofa y burla por muchos autodenominados
profesores progresistas. ¿Dónde estaban entonces todos aquellos a los que ahora
se les llena la boca con la palabra ética, la objeción de conciencia y la
rebelión cívica?
A esta situación de desprecio
oficial se opuso siempre la Sociedad Española de Profesores de Filosofía
(SEPFI) y otros colectivos del profesorado de Filosofía, porque pensaban y
siguen pensando que la ética es un elemento esencial de la formación del
alumnado y que puede contribuir a mejorar la convivencia en los centros
educativos y en la sociedad multicultural en la que vivimos. No se trata de que
la ética vaya a solucionar todos los problemas morales y sociales de nuestro
tiempo, pero sí de que puede proporcionar herramientas intelectuales para el
conocimiento de la conducta moral del ser humano y para la mejora de la
convivencia en los centros educativos y en la sociedad.
En el año 1990 la LOGSE dio un paso
decisivo hacia la autonomía de la ética al desvincularla de la religión
católica y al considerar que su estudio debía ser obligatorio y común para todo
el alumnado de 4º de la ESO. Sin embargo solamente propuso dos horas semanales
en un curso; con lo cual nuevamente la educación ética y cívica quedó sumamente
diluída. El gobierno socialista de entonces cedió a las peticiones de la
comunidad filosófica a regañadientes, pues eran los tiempos en que se
preconizaba la transversalidad como el único método de educación en valores
y era el tiempo de los “psicólogos de
gabinete” que pensaban imponer las reformas educativas a golpe de decreto. La
experiencia de los docentes ha corroborado lo que muchos pensábamos ya
entonces: que la transversalidad no ha funcionado en la mayoría de los Centros
de Secundaria y que la ética es insuficiente para colmar el vacío de educación
ética y cívica de nuestro alumnado adolescente. Todavía hoy se sigue debatiendo entre los partidarios de la
transversalidad y los defensores de una materia específica y la conclusión
parece evidente. No se puede conseguir una educación cívica y ética en los
Centros educativos sin la colaboración de todos en un Proyecto educativo
conocido y asumido por todos los estamentos de la comunidad escolar; pero
también es cierta la tesis de que la cultura profesional del profesorado de
Secundaria y la complejidad del funcionamiento de los Institutos de Secundaria
aconsejan que se imparta una materia específica sobre educación ética y cívica.
No son, por tanto, propuestas antagónicas, sino complementarias.
Con la aprobación de la LOE en 2005
la ética se vió de nuevo involucrada en la polémica política e ideológica sobre
la nueva materia de “Educación para la Ciudadanía” que se va a implantar en un
curso de Primaria y en varios de la ESO. La comunidad filosófica no ha
participado en el diseño de la materia de “Educación ético-cívica” de 4º de la
ESO, cuyo curriculum es, en realidad, una remodelación de la actual ética. De nuevo los “daños colaterales” que se
pueden proyectar sobre la materia de educación ético-cívica derivan, por un
lado, de la beligerancia clerical contra ella y, por otro, de las ambigüedades
del Ministerio de Educación a la hora de plantear el tema ante el profesorado y
ante la sociedad.
El profesorado de Filosofía ha visto atónito cómo el
Real Decreto de Enseñanzas Mínimas sobre la ESO (BOE del 5 de enero de 2007) ha
sido “obedecido” fielmente por la
mayoría de las Comunidades Autónomas para dejar las materias de “Educación para
la Ciudadanía” en una hora semanal en varios cursos de la ESO, impidiendo de
este modo cualquier intento serio de impartir dignamente dicha materia. No se
trata de una obtusa reivindicación de horas lectivas para el profesorado de
Filosofía, sino de constatar una vez más que una materia que dispone de una
hora semanal es oficialmente un apéndice curricular ridículo e insignificante;
es una asignatura “maría”. Y eso es contradictorio con todos los preámbulos de
la LOE y de los Decretos del MEC en los que se da una enorme importancia a la
competencia social y cívica como una de las competencias básicas que debe
lograrse en el alumnado. ¿Tanto ruido para tan pocas nueces? ¿O es que se
piensa que la transversalidad va a funcionar realmente en los Centros de
Secundaria por arte de magia sin poner los medios adecuados?
Si repasamos la historia de la ética en nuestro
sistema educativo desde 1980 hasta hoy, podemos obtener algunas conclusiones
sobre los hechos narrados hasta aquí. Por un lado, la Iglesia católica española
no ha cedido un ápice en sus pretensiones de ejercer el control moral de la
niñez y de la adolescencia a través de sus clases de religión y moral católica
en todos los centros públicos; así lo confirma el último documento de la Conferencia
Episcopal Española (20 de junio de 2007). De ahí su oposición radical a la
“Educación para la ciudadanía y los derechos humanos” en nombre de su moral y
de su “libertad ideológica y religiosa”.
Por otro lado, se constata una vez más que el
Ministerio de Educación sigue viendo en la ética una materia acomodaticia y sin
valor propio, ya que se puede incluir en las Ciencias Sociales cuando conviene
y se puede impartir además en condiciones absolutamente despreciables. Mientras que las materias instrumentales
como la lengua y las matemáticas tiene asignadas lógicamente cada vez más horas lectivas, parece pensarse que la
educación en valores morales, cívicos y democráticos no tiene la menor
importancia curricular ni social.
Por último, quisiera señalar que el profesorado de
Filosofía de Secundaria seguimos constatando que la filosofía y la ética siguen
siendo utilizadas de forma interesada por los responsables del poder político
para obtener réditos ideológicos ante sus incondicionales. Según parece, para
las autoridades educativas desde 1980 hasta nuestros días, las materias
filosóficas constituyen un fondo ideológico que se puede manejar alegremente
según los intereses políticos coyunturales, sea al servicio de la Iglesia o del
Estado. Y lo cierto es que la autonomía de la razón y la actitud de rebeldía
cívica que siempre ha demostrado la auténtica filosofía no puede ser
instrumentalizada por el poder sin caer en la manipulación ideológica y en la
claudicación moral del profesorado. No
se puede admitir que la política y la religión por medio de sus instituciones
oficiales ahoguen nuevamente la racionalidad filosófica en el vaivén de sus
luchas partidistas y sectarias.