SOBRE LA ESTUPIDEZ Y LOS ESTÚPIDOS

Inger Enkvist

Catedrática de la Universidad de Gotenburgo

Nueva Revista, 105. Mayo - Junio de 2006

Hoy en día hablamos de manera continua en términos de educación, de progreso científico y de mejoras de distinta naturaleza, pero ¿realmente existe dicho progreso? Con la ayuda de pensadores españo­les y francófonos, este texto propone una reflexión sobre el concepto de la estupidez y la influencia del fenómeno en diferentes campos.

Para comenzar, acudo al pensador francés JeanMichel Couvreur que introduce una primera distinción a tener en cuenta cuando propone ha­blar de «ininteligencia» a propósito del niño pequeño que todavía no ha madurado lo suficiente como para lograr poseer inteligencia. De igual forma, se debe también distinguir la estupidez de la simple igno­rancia cuando ésta radica en la mera falta de información sobre alguna cuestión que una persona tampoco pretende o debe conocer. La verda­dera estupidez se caracteriza por la ausencia de un conocimiento que se debería poseer o, aún más, que se pretende conocer y, además, no exis­te en el sujeto una preocupación por cubrir esta carencia. Para Couvreur, en definitiva, la estupidez consiste en una inmovilidad intelectual que corresponde a un suicidio intelectual.

En opinión de Jacques Barzun, historiador de la cultura y decano en la Universidad de Columbia, la inteligencia es individual pero el inte­lecto es colectivo porque necesita una tradición, una educación, una red de bibliotecas y revistas y unas instituciones como las universidades. Barzun ha observado la presencia de un profundo «antiintelectualismo» en los países occidentales durante el siglo xx. Cree que lo que atrae a las masas es el arte y no la ciencia. La idea de que tiene poca importancia el sentido de una obra o de una expresión se ha extendido cada vez a más áreas. Los jóvenes no reciben una educación intelectual adecuada porque no se les obliga a trabajar sobre materiales intelectuales. Incluso entre los que se consideran intelectuales reina la confusión. Piensan en sí mismos como intelectuales pero quieren vivir como artistas, dice Barzun.

El historiador francés afincado en Nueva York afirma que los jóvenes están más influidos por los medios de comunicación que por la escuela y que, como todo lo que ocurre en los medios se debe poder entender en­seguida, no dan ninguna importancia a la irrelevancia propia de la ma­yoría de los contenidos difundidos. Los jóvenes no descubren el valor de los conocimientos y, de esta manera, la educación llamada democrática lleva a una actitud escéptica, negativa, reacia al esfuerzo. El lema de al­gunos alumnos frente el profesor parece ser: «Enséñame si puedes!». Frente a esto, un país que quiera tener ciudadanos inteligentes deberá cui­dar de sus instituciones intelectuales y en primer lugar de su escuela.

El filósofo francés Adam realizó hace varias décadas un estudio sobre «la estupidez»en el que enumera algunas características del sujeto-el estúpido-- que se caracteriza por ostentar dicha «virtud»:

No se interesa por el conocimiento.

No acepta el esfuerzo.

No toma en cuenta la realidad.

Sus limitaciones no le molestan sino que es feliz en su estado.

En lo epistemológico, el estúpido da importancia a lo que no la tiene, a lo fútil, lo evanescente. Explica fenómenos banales que no ne­cesitan explicación. No aprende cosas nuevas sino que se repite. En una discusión, no se apoya en argumentos. Le gusta lo superficial y no echa de menos otras dimensiones del pensamiento.

En lo social, el estúpido usa las palabras sin poner atención en su sentido. Se niega a prestar atención a las razones expuestas por los otros. No toma en cuenta la realidad.

Convierte en víctimas a las per­sonas sensatas, expuestas a su torrente de palabras. Adam no duda en calificar la estupidez como una agresión contra la sociedad. El estúpido llega a ejercer un «terrorismo intelectual» sobre su entorno porque, en la conversación, impone lo irrele­vante, salta entre temas y conti­nuamente se autoelogia.

El ser inteligente, por el contra­rio, muestra una disponibilidad hacia lo real. Adam subraya que re­conocer las limitaciones propias en cuanto a los conocimientos es estar ya en camino de aprender. De igual modo, reconocer un error moral es el acto de un ser moralmente superior. El uso de la razón y de la moral es lo que posibilita un verdadero encuentro entre las mentes.

LA ESTUPIDEZ ESCOLAR

El pensador suizo Romain constata que los jóvenes de hoy no valoran los cono­cimientos culturales y no están dispuestos a sacrificarse para transfor­marse en personas cultas. Lo que «se estila» es vivir en el instante, una actitud característica de los niños y los incultos. El que vive en el ins­tante busca lo fácil, lo rápido, lo superficial, lo que no supone esfuer­zos. Busca atajos.

Romain destaca que el gran «valor» de nuestros días es el "jeunis­me", algo así como el jovenismo, es decir, elogiar diferentes conductas y pensamientos sólo porque caracterizan a la gente joven. En la prácti­ca, el jovenismo no está muy alejado del hedonismo, porque la cultura joven de nuestros días da mucha importancia al placer inmediato. Para Romain, el jovenismo tiene mucho en común con el voluntarismo, la idea de que si yo quiero que algo sea de cierto modo, la realidad se amol­dará a mis deseos.

El pensador suizo se interesa por los cambios en la educación y nota que la escuela actual propone materiales «premascados», instantáneos, con lo cual fomenta las actitudes que él critica. En vez de avanzar en civilización estamos volviendo hacia atrás y cada vez somos más tercer­mundistas. Enumera cinco características de la educación de hoy:

Pereza. Los alumnos ya no tienen que hacer tareas y rendir exáme­nes para poder seguir dentro del sistema educativo.

Angelismo. Se supone que todos los alumnos son buenos, quieren es­tudiar, nunca destrozarían nada y todos dicen siempre la verdad.

Victimización. Cualquier alumno puede considerarse víctima por una serie de causas. Muy pocos seres son tan afortunados que no puedan se­ñalar ninguna circunstancia en su vida que pueda presentarse como problemática.

Igualitarismo. Todos son buenos, todos tienen la razón y todos son iguales. Cualquier distinción es socialmente inaceptable. Si la realidad no corresponde a este credo, se rechaza la realidad.

Relativismo. Todos los valores se consideran iguales, lo cual convier­te en muy difícil para la escuela dar énfasis a los valores epistémicos.

LA ESTUPIDEZ UNIVERSITARIA

Un investigador sueco en el campo de la resistencia de los materiales, Ostberg, subraya que la pereza es uno de los factores importantes para ex­plicar la estupidez. Dice directamente que la pereza lleva a la estupidez. Enumera algunos efectos de la pereza en el campo epistemológico. El pe­rezoso:

Se niega a tomar en consideración hechos que no se conjuguen con la tradición del área.

Busca explicaciones sólo dentro del área que ya conoce.

No toma en cuenta que la respuesta pudiera encontrarse fuera de la disciplina que el investigador está manejando.

Deja la búsqueda antes de llegar al final de la investigación.

Afirma arbitrariamente disponer ya del conocimiento en cuestión.

Por su parte, el escritor austriaco Grillparzer ha resumido las diferencias entre el estúpido, el mediocre y el inteligente. El estúpido cree que todos los casos son únicos; el mediocre sólo ve las reglas; el ser in­teligente ve también las excepciones. Como se ve, el concepto de es­tupidez de Grillparzer es similar al de Adam y de Ostberg. El estúpido es perezoso y no se toma la molestia de averiguar. No pone atención en la realidad. El mediocre sí toma en cuenta la realidad, pero se cansa pronto. Se distrae y, al poco tiempo, deja de intentar alcanzar su meta. Sólo el inteligente de verdad pone atención en la realidad y organiza mentalmente sus conocimientos, distinguiendo las reglas de las ex­cepciones.

Ostberg habla de modelos, me­táforas y perspectivas como instru­mentos de trabajo del intelecto. Los modelos suelen corresponder exac­tamente a la realidad y constituyen un «instrumento» normal de trabajo en las ciencias naturales. Las hu­manidades y las ciencias sociales utilizan más bien metáforas, imágenes que corresponden en parte a la realidad que se quiere captar. Con una metáfora hay que saber manejar la doble presencia de la similitud y de la diferencia.

Una idea fundamental en Ostberg es que todas las profesiones in­cluyen la necesidad de saber evaluar los riesgos. No sólo son importan­tes los conocimientos en sí sino también la inserción de los conoci­mientos en el marco de la realidad con toda su complejidad. En otras palabras: es necesario ser inteligente para ser buen profesional.

Echeverría describe, en el campo de la epistemología, lo que es con­trario a la estupidez, mencionando la cohesión, la precisión, la genera­lidad, la verificabilidad, la racionalidad y la valoración. Está claro que la pereza no se conjuga con estos valores.

LA ESTUPIDEZ PSICOLÓGICA

El filósofo español José Antonio Marina denuncia la importancia que se otorga actualmente al ingenio, a la intuición, a la levedad y al hedo­nismo. El ingenio puede divertir pero cansa, subraya Marina, porque gira sobre sí mismo. No apunta a ninguna meta fuera de sí. El ingenio prefiere la improvisación y la asociación libre, lejos del ideal social de Condorcet que consistía en la búsqueda del consenso entre personas instruidas y racionales. Lo que con el lenguaje psicológico se llama una buena gestión de metas es lo que lleva a una sociedad funcional y a in­dividuos felices. El niño que aprende la técnica de proponerse metas y cumplirlas adquiere posibilidades de convertir su vida en un éxito. Al revés, lo que caracteriza a los mal adaptados es no poder planificar y no lograr guiarse por un plan.

La palabra compromiso está en vías de adquirir otro significado. El nuevo significado podría ser comprometido con la realidad en con­traste con los que hacen caso omiso de la realidad, que «devalúan» lo real. Marina observa una relación entre el desprecio por la realidad y la idea de que todo es igual. Si todo es igual, todo carece también de importancia. ¿Por qué mantener precisamente la distinción entre lo real y lo no real? La equivalencia impide la elección, la jerarquiza­ción y el hablar de valores. En el campo epistémico, la equivalencia impide elegir entre lo importante y lo menos importante. Si todas las opiniones son respetables, no hay criterio epistemológico para distin­guir entre ellas. En el campo moral, la equivalencia impide la ética, porque la ética es precisamente señalar que ciertos actos son mejores que otros.

En sus estudios Marina muestra varias paradojas: a) Hay una ten­dencia a considerar libre sólo la acción espontánea. Si sólo el instinto se considera libre, no se puede conseguir nada con esa libertad, porque no se rige por la voluntad. Es una libertad sin sentido. El yo sería igual al instinto. b) Si todo está libre, el individuo no puede estar libre de nada. La libertad misma queda devaluada y el individuo libre también. c) La educación, el conocimiento y la reflexión corresponderían a la opresión y la deformación.

El reino del ingenio es el reino de la novedad y la originalidad, un criterio estético. Marina menciona que el éxito académico del crítico li­terario ruso Bajtin podría tener relación con estas nuevas tendencias. Con la carnavalización de la que habla Bajtin se asocian lo ingenioso, lo festivo, la libertad, la comunidad, la igualdad y la abundancia. Todo está libre, no se pide ningún esfuerzo y todo se puede elegir. Esto es lo que le gusta oír al hombre moderno.

Por su parte, el filósofo español José Luis González Quirós nos recuer­da que la psicología clásica distingue entre la realidad, los conceptos so­bre la realidad y el sujeto que piensa, pero que la ciberfilosofía da saltos atrevidos entre estas categorías. Es difícil distinguir la estupidez psico­lógica de la epistemológica. En la actualidad, se podría hablar de un solipsismo epistemológico y de un infantilismo psicológico, caracteri­zados por confundir la realidad con el deseo. La tendencia es llamar simplemente realidad a aquello que uno escoge. Otra confusión es la que se da «entre lo reciente y lo origi­nal, entre lo original y lo verdadero, entre lo verdadero y lo usual». Lo que hay es lo que se dice. Una tercera confusión podría estar relaciona­da con el relativismo cultural que ya no quiere distinguir un conoci­miento científico de una opinión, «pretendiendo reaccionar frente a un excesivo etnocentrismo occidental se acaba colocando en el mismo plano la ciencia, la creencia, la opinión y los ritos».

LA ESTUPIDEZ FILOSÓFICA

González Quirós señala el riesgo que conlleva considerar como un progreso el desprecio de la realidad. Cuando desaparece la realidad del obje­to, ya no hay que tomar en cuenta la relación entre objeto y palabra, el discurso queda libre para expresar cualquier cosa. La «comunicación» lo es todo. Los medios de comunicación son la nueva realidad. El saber ya no es conocer la realidad sino que se confunde con lo que se dice, con la opinión, con la doxa. En vez de investigar si una manera de pen­sar corresponde a la realidad, se acepta si corresponde a algo que se dice. González Quirós considera que el constructivismo ya está insta­lado en el arte y en la política y está ganando cada vez más terreno en la ciencia y en la filosofía. Las pruebas ya no se buscan en la realidad sino en la repetición. En las sociedades mediáticas, repetición equiva­le a demostración.

El constructivismo niega la existencia de la realidad objetiva, lo cual es igual que afirmar que lo que hay es lo que una persona o una cultura reconoce o «construye». Corresponde a una arbitraria reducción de la información que tenemos de la realidad. Puede parecer muy abierto, muy personal o individual pero cerrarse a lo que no gusta es «la epis­temología propia del totalitarismo». Significa cambiar la idea que so­líamos tener del entendimiento. El entendimiento solía concebirse precisamente como la comprensión de la realidad. Ésa era la libertad de la que se disponía. Si ahora todo depende de la voluntad el en­tendimiento queda supeditado a la dictadura de la voluntad. Las per­sonas ya no se pueden relacionar a través de un entendimiento en común de la realidad. Esa manera de ver conduce a una confusión porque el saber ya no es saber cómo es la realidad sino conocer las ex­presiones que se utilizan. Se supone que la realidad se reduce simple­mente a esto.

González Quirós considera que el constructivismo es, en el plano teórico, lo mismo que el autoelogio y la autoestima, en el plano psico­lógico. El individuo se basa en la idea de que lo que él no sabe o no quie­re saber carece de interés hasta tal punto que se puede decir que no exis­te. En vez de hablar de constructivismo se podría retomar el término de relativismo, porque viene a ser una posición ideológica que despre­cia e ignora la objetividad, la historia y la verdad. La persona pone tan alto su propia inteligencia que se convierte en su propia pauta de lo que es real.

UNA GUÍA RÁPIDA PARA CONOCER A LOS ESTÚPIDOS

Los estúpidos no se intere­san por la realidad. Se «des­conectan» de ella de mane­ra activa y militante, reemplazando el mundo por su propia actitud frente al mundo. No se interesan por los datos precisos, por los diferentes niveles de abstracción, ni tampoco por las posibles perspectivas divergentes. La tendencia de los estúpidos es creerse el centro del universo, y una conver­sación es para ellos en primer lugar una posibilidad de decir su opinión. Hablan de sí mismos. Es un tema en el que no necesitan realizar una in­vestigación previa y en el que son expertos.