Educar no es entretener

ORIOL PI DE CABANYES - - 29/06/2005

Está en marcha una nueva ley de educación. Y van... ¿Hasta cuándo vamos a seguir politizando estúpidamente la política educativa? Nos entretenemos discutiendo sobre si la escuela pública o la privada, sobre si la religión es computable o no, sobre si las escuelas tienen que abrir más horas y más días... Pero la cuestión más importante es de fondo: la educación suspende porque los valores mayoritarios no la sostienen.

Sorprende que la Administración que ahora llama a consulta sobre un supuesto pacto nacional por la educación no haya hecho todavía un diagnóstico claro de la situación ni tampoco la más mínima autocrítica, reconociendo un fracaso que no sólo es reponsabilidad suya sino de toda la sociedad. ¿Qué se espera del sistema educativo? ¿Qué es lo que viene fallando hasta ahora? ¿Qué se puede hacer para que mejore?

Lo que ocurre en la enseñanza, sobre todo en la enseñanza pública, es el resultado del desprestigio del principio de autoridad, sistemáticamente presentado como algo negativo. A los que tendrían que educar en clase se les ha ido desposeyendo de toda autoridad moral. Y no hay educación, ni política, ni convivencia, sin autoridad. Ni autoridad sin una ética de la convicción.

La educación, aunque hoy suene mal decirlo, siempre fue domesticación, dominio de los instintos, civilización. Una correcta gestión de las frustraciones así como el autocontrol, que es una de las competencias emocionales básicas, deben enseñarse tanto en casa como en la escuela. Pero aumentan las faltas de respeto, algunas muy graves, y las fiscalías de menores de Catalunya tramitaron en el 2004 nada más y nada menos que una denuncia cada dos días por agresiones de hijos a sus padres.

En un reciente ensayo, El criteri perdut, Gregorio Luri señala que quien quiera entender lo que pasa en nuestras escuelas tendría que preguntarse por las razones de "un doble olvido en el vocabulario pedagógico actual: el expresado por los conceptos de virtud y de voluntad". Sí: hemos asistido a la desaparición del esfuerzo personal del alumno por una especie de zapping compulsivo en busca de la distracción evasiva como objetivo absoluto.

Uno de los dogmas de la fe pedagógica imperante es el que concibe al niño no como aprendiz de nada sino como sujeto de expresión de una autenticidad amenazada por la evolución hacia la madurez. Así, no se trata de enseñar nada sino sólo de divertir o entretener.

Y si la escuela -reflejo de la sociedad- renuncia a enseñar, la autoridad del maestro se queda sin apoyo legitimador. Con lo que el maestro sobra, y puede ser sustituido por un animador complaciente (o por una pantalla).

El principal problema de los estudiantes de hoy es la falta de curiosidad, el desinterés, la desmotivación. Atribuir exclusivamente a los maestros una falta de capacidad para transmitir interés por el aprendizaje es una majadería. Es la sociedad en general, y en consecuencia sus representantes políticos, quienes han renunciado a la escuela como fábrica de ciudadanía. ¿A qué poderes no interesa que la gente se eduque en libertad y en responsabilidad?

La escuela de hoy ¿conduce a la libertad de la persona o a su sumisión acrítica a los grandes poderes del sistema consumista? Los mismos poderes que insisten en bombardearnos con la consigna que ya vaticinó, ¡ay!, Aldous Huxley para su premonición del mundo feliz: "¡No piense! ¡Diviértase!".