DISCURSO PRONUNCIADO POR EL CATEDRÁTICO D'INSTITUTO ISIDRO CABELLO HERNANDORENA EN EL ACTO DE DESPEDIDA

Introducción

Con la finalización del curso escolar 2009-2010, nuestro buen amigo ISIDRO CABELLO HERNANDORENA se jubiló. Podríamos considerarlo una gran pérdida para la docencia, pero estamos seguros de que no permanecerá inactivo y que nos deparará importantes aportaciones desde su nueva situación.

Después de tantos años dedicados intensamente a la enseñanza, con el más alto grado de profesionalidad y vocación, tan sólo merece decirle ¡¡¡ENHORABUENA!!! Y ¡¡¡GRACIAS!!! en nombre de todos los beneficiados por su entrega y dedicación.

Por este motivo fue homenajeado por sus compañeros el pasado 30 de junio y, a petición de su Directora, pronunció unas palabras que, en forma de artículo, fueron publicadas en el "Diari de Terrasa" los días 27 y 28 de julio.

Leedlas despacio. Tienen miga.

Mirando hacia atrás pensando hacia adelante

La enseñanza no fue mi vocación inicial, pero desde 1976 siempre me he considerado exclusivamente profesor. He hecho otras cosas, como alto inspector de educación o director de cursos de verano, pero siempre sostuve que era profesor de instituto: un universitario con profundos y extensos conocimientos de su especialidad que trabaja por que los adolescentes se formen adecuadamente para la vida y los diversos estudios superiores.

A enseñar empecé muy niño, pues de los diez a los doce años fui mano derecha del maestro, en mi pueblo, para enseñar a los compañeros que iban retrasados. Aprendí entonces el placer de aprender enseñando, la necesidad de tener muy claro lo que tenía que aclarar, la eficacia de la enseñanza entre compañeros y las grandes diferencias individuales en los estudios.

Estando en la universidad, trabajé en un nocturno, en el Bachillerato de entonces, y aprendí el valor del esfuerzo individual de cada alumno, el papel del profesor como orientador, marcador de ritmos y comprobador de aprendizajes, y la abundancia de jóvenes con voluntad de mejorar laboralmente mediante nuevos estudios. También hice de profesor de 7º y 8º de EGB y aprendí que eran generales la aplicación en los estudios y el buen comportamiento, y también que había algunos alumnos, desprendidos de la marcha general, que procuraban alterar la clase, pero que no se desesperaban porque ya no les faltaba mucho para cumplir 14 años y marcharse de la escuela.

La opción por ser profesor la tomé en 1976, cuando empecé de PNN en el nocturno del Instituto Egara. Allí pasé doce años en nocturno y once en diurno y, además de profesor, hice de tutor, jefe de estudios, director, representante en el consejo escolar, tutor del CAP, etc. En los primeros veinte años había mucha aplicación entre los alumnos: querían que les enseñáramos; así, enseñar era muy fácil aunque apenas tuviésemos formación inicial y contásemos con pocos medios; resultaban fundamentales el entusiasmo de los profesores y su dedicación mayoritaria a la enseñanza de la especialidad; el alumnado les concedía de entrada, aunque con sentido crítico, la autoridad y el conocimiento en sus materias; estudiar seguía siendo vía de promoción social así como de igualación, y en el instituto, interclasista, el alumno aprobaba por su esfuerzo y aprendizaje. Aprendí que aquella Administración -luego aprendería que cualquier Administración- iba a lo suyo y se preocupaba poco por los alumnos y menos por los profesores; de ahí las actuaciones firmes y masivas, sobre todo de los PNN, para exigir dignidad laboral en forma de estabilidad, extensión de la red de institutos para dar mayor entrada a las clases populares y mantenimiento de los nocturnos, amenazados ya en el curso 82/83; aprendí, pues, el valor de la reivindicación, la organización, y, junto con ello, la división sindical y las trampas del poder. Percibí que el profesorado iba cambiando la acción directa -claustros generales y movilizaciones espontáneas- por la acción mediatizada, es decir, la representación en consejos escolares y sindicatos, pero aprendí que había que luchar dentro de esas nuevas entidades. Aprendía el valor de las normas y la gestión profesionalizada, pues los centros resultaban cada vez más complejos y no todos valemos para todo -mi modelo de dirección combinaba preparación profesional y humanismo en el trato.

Aprendí que crecían los problemas de comportamiento y estudio en 1º y 2º de BUP, pero que la mayoría se resolvía con el paso de alumnos a la FP o al Nocturno. Aprendí también que eran muchos los problemas en la FP1. Curiosamente, años después, a nuestros cerebros nacionales se les ocurriría crear una etapa que recogiera los dos últimos cursos de la EGB y los dos primeros de la secundaria, es decir, los cuatro años más problemáticos...

En los años 90 aprendí que las leyes pueden cambiar las cosas, para bien y para mal. En secundaria nos cambiaron la profesión. El fracaso escolar estaba siempre en torno del 30% -y en los institutos, del 40%- y los poderes no han hecho nada positivo en veinte años por atajar esa lacra antisocial. Aprendí que el nuevo sistema nos cambiaba el sentido de la enseñanza, se extendía el conflicto interno, se perdía el reconocimiento de la autoridad del profesor dentro del aula -no exagero si digo que tenía más autoridad ante mis alumnos en mi primer año que en este mi último curso; no culpo a los alumnos, pero sí a los responsables del cambio a peor. Aprendí que surgen contradicciones fuertes cuando con diputados progresistas empeoran los resultados de las clases populares y no son tan malos los de las clases medias y altas, y, junto con ello, pude observar que las clases medias huían de nuestros institutos y que la igualación se alejaba y se alejaba. Aprendí que el fracaso escolar no llegó en patera y que si los emigrantes encontraran unos centros con ambiente y disciplina adecuados obtendrían mejores resultados.

En el último decenio he aprendido cada vez más la importancia de leyes y normas para regular la vida de los centros y también la importancia de la iniciativa individual de cada profesor, el valor positivo de la amistad y la colaboración entre individuos y entre departamentos, así como la negatividad de banderías y rivalidades subterráneas, es decir, la importancia de la micropolítica en la acción de cada centro. He aprendido la capacidad de regeneración del sistema con la llegada continua de nuevos profesores, abiertos al nuevo alumnado y nuevas tecnologías, y ello, recordando las luchas del pasado, me ha hecho ver la necesidad de los relevos en esta carrera de obstáculos en que nos vemos inmersos, para que no se agoten los esfuerzos y, con ellos, el proyecto.

Mi reflexión no es elegíaca ni nostálgica, sino realista, por documentada y por vivida en primera línea de tiza, calle y tribuna. Mirando hacia atrás y pensando hacia delante, ahora que me jubilo.

Isidro Cabello Hernandorena.
Catedrático del Instituto I. Blanxart