De la LOE y del Pacte

JORDI PUJOL - LA VANGUARDIA 19/05/2006

LA REFORMA necesaria no debía continuar o fortalecer la espontaneidad y el nivel bajo de exigencia.

EN LA LITERATURA pedagógica actual se habla mucho de motivación y muy poco de voluntad

El debate sobre el Estatut ha hecho que finalmente se haya comentado poco el resultado final del debate sobre la LOE. Y que haya pasado relativamente desapercibida la firma del Pacte Nacional per a lŽEducació. Y ello a pesar de que durante meses estuvieron, como corresponde en la vanguardia del debate político e ideológico. Pero el tema de la enseñanza es capital desde múltiples y decisivos puntos de vista. Desde el de las personas hasta el de la sociedad en general. Desde una perspectiva de presente y también de futuro. Desde el de la competitividad económica hasta el de la realización personal.

Por otra parte, éste es un tema de gran calado ideológico. Un tema en el cual hay concepciones sobre cuestiones específicamente pedagógicas, pero que en realidad tienen mayor alcance. Por otra parte se advierte -o por lo menos somos, creo yo, cada vez más los que así lo vemos- la necesidad de un cambio en este terreno. No solamente de un cambio estrictamente técnico, sino sobre todo respecto a criterios generales.

Tuvimos hace tiempo -hasta los años sesenta- una escuela rígida y autoritaria. No ya la escuela de "el saber con sangre entra", pero todavía en esta línea. La reforma de 1970 significó un cambio hacia más modernidad y menos encorsetamiento. Representó un progreso claro.

Sin embargo, con la llegada de la democracia en España, con el cambio profundo derivado del 68 y con la evolución ideológica general que se había ido produciendo durante el tardofranquismo, se difundió mucho la idea de que había que hacer una nueva ley de Educación.

Este sentimiento fue especialmente intenso en Catalunya debido a la tradición de pensamiento pedagógicamente innovador que había existido desde principios del siglo XX. Este estado de ánimo condujo a la Logse, que en Catalunya fue bien acogida. Es más, desde Catalunya se contribuyó mucho a su preparación y aprobación.

No voy a entrar a discutir sobre la más o menos bien fundada valoración inicial de la Logse (de la que, repito, en buena parte nos sentimos coautores). En cambio, sí creo del caso decir que los defectos de la ley -defectos originales y de concepción o defectos de aplicación- se han ido poniendo de manifiesto con el paso del tiempo. Repito: defectos propios de la ley, o de una aplicación defectuosa, o de una progresiva falta de adecuación de la ley al cambio social y mental de la sociedad. Por lo tanto, es cierto que se imponía una reforma. La planteó el PP y la ha planteado ahora el PSOE.

Sin embargo, lo que a mi entender se ha convertido en más caduco de la política escolar actual es la mentalidad, es la ideología dominante en el mundo de la enseñanza. O más exactamente, en el mundo de los teorizadores de la enseñanza, más por supuesto que en el propiamente de los maestros. Pero es este mundo de los teorizadores el que marca la pauta.

Es una ideología que pudo entenderse como reacción contra la escuela autoritaria y rígida de antaño, y que por lo tanto tuvo su razón de ser, o su explicación, o sus efectos benéficos en un momento dado. Pero no ahora. En realidad el conjunto de los planteamientos del 68 hoy están totalmente o en buena parte superados. También en pedagogía. A menudo hoy son un freno más que un acicate.

La reforma que había que llevar a cabo tenía que responder a una ideología pedagógica distinta. No debía continuar o fortalecer la espontaneidad y el nivel bajo de exigencia. Desde los años sesenta, en la literatura pedagógica hay una palabra que ha desaparecido, o casi, la palabra voluntad. Se habla mucho de motivación y muy poco de voluntad. Y ya admito que la motivación es importante. Su incorporación a la pedagogía fue un acierto y hay que mantenerla. Pero no siempre se puede contar con ella. A menudo las cosas hay que hacerlas aunque uno no se sienta motivado. Hay que hacerlas por voluntad. Y esto la pedagogía actual lo tiene poco en cuenta. Dicen que no es progresista tenerlo en cuenta. Como no lo es imbuir a los jóvenes la moral del esfuerzo.

También hay una prevención hacia la evaluación de los conocimientos (lo que antes llamábamos exámenes). Por otra parte, la adecuada adquisición de conocimientos no es determinante a la hora de pasar de curso. Se puede acceder al curso siguiente habiendo suspendido, por ejemplo, gramática, matemáticas e inglés. Y en varias ocasiones alguna asignatura más.

Por otra parte, y de acuerdo con la espontaneidad de esta mentalidad pseudoprogresista, la existencia de un director con autoridad es mal vista. Y se tiende a convertir la dirección de la escuela en algo muy asambleario, con un papel muy condicionado de quienes deben ser los responsables muy principales, muy determinantes de los centros escolares, que son los profesores y, entre los profesores, un director.

En otro orden de cosas, la nueva ley planteaba un tema nunca totalmente resuelto y a menudo tratado por parte del mundo político con insinceridad, el del derecho de opción de los padres. Derecho que por cierto figura en la Constitución española y en la LODE. Y el proyecto de Constitución europea, de momento aparcado, habla de opción filosófica, religiosa y pedagógica.

Éstos eran la situación y el panorama. Añadan a esto una actitud inicial del PSOE en línea con la ideología superada que antes he descrito, una posición encontrada del PP, muy dura, y una sensación de agresión por parte de la Iglesia. Y en Catalunya, una fuerte actitud pseudoprogresista con sectores muy hostiles a la escuela concertada.

Solamente CiU defendía desde el primer momento una posición equilibrada, propia de un sector que en su día asumió la renovación pedagógica, pero que ya lleva tiempo comprendiendo que en algunos aspectos esta reforma se extravió. Afortunadamente algunos de los sectores enfrentados, especialmente por parte de la Iglesia y del PSOE, comprendieron la conveniencia de un entendimiento y aprovecharon buena parte de las propuestas de CiU para pactar.

No es plenamente la ley de renovación de técnicas, de conceptos, de actitudes que necesitamos. No lo es. No asegura el sistema escolar que el tiempo actual y los retos de la sociedad requieren. Pero el fiel de la balanza entre fantasía y realidad, entre ideas de hace casi 40 años y necesidades actuales, entre confusión y eficacia pedagógica, se ha desplazado en la buena dirección. La brevedad de un artículo no me permite entrar más en detalle en otro gran tema, el del Pacte Nacional per a lŽEducació. Bienvenido sea. Bienvenido, ante todo, por haberse llegado a él. Y bienvenido porque está muchísimo más cerca de lo defendido por los gobiernos anteriores que de lo reclamado por algunos sindicatos y por el tripartito cuando estaban en la oposición. Y que en algunos aspectos oscilaba entre un conocimiento muy deficiente de lo que es la enseñanza en Catalunya y la simple utilización partidista del tema. Desde el Gobierno, es decir, desde la responsabilidad, aquellas actitudes ya no se pueden mantener. Y por esto el pacto mantiene la red escolar mixta, antes tan denostada, y que encaja con la libertad de opción antes mencionada, cada vez más reivindicada en los países europeos que realmente apuestan por el progreso. Y que garantiza la igualdad de oportunidades.

Tanto en el contenido de la ley como del pacto habrá que profundizar en los próximos años. En la línea de una escuela sólida, estructurada, eficaz. En la línea de la escuela concertada, de su financiación y de su responsabilidad ante la Administración. En la línea de los grandes problemas de nuestra sociedad, que van de la competitividad a la inmigración, y de su relación con la educación.

Se habla a menudo del informe PISA, del cual a veces se ha hecho una interpretación más negativa de lo debido, pero que deja clara que la calidad de la enseñanza en España y en Catalunya se debe mejorar. Y que a la hora de analizar las causas dice que con el dinero que España dedica a la educación el resultado debería ser mejor. O sea, que no es, o no es principalmente, un problema de dinero. Es un problema de concepto, de pensamiento ideológico. De una ideología superada. Hay que cambiar cosas, pero, sobre todo, ésta.

JORDI PUJOL, ex presidente de la Generalitat de Catalunya